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Un refugio de amor entre colectivos y pasajeros 

Sergio conoce sus nombres, está atento a su salud y busca familias que puedan adoptarlos. A su tarea cotidiana se sumó Celina, que transformó un colchón de dos plazas en camas para los animales. Entre la comida, los cuidados y los pequeños gestos, construyeron una historia de solidaridad que invita a no mirar para otro lado.
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La terminal de ómnibus de Río Cuarto es un lugar de paso. Todos los días, cientos de personas llegan, esperan su colectivo y siguen viaje. Pero entre el movimiento de pasajeros, las valijas y los motores, hay quienes encontraron allí un lugar para quedarse. Son los perros que recorren sus espacios y que, desde hace años, reciben el cuidado de personas que decidieron no ser indiferentes.

Sergio es remisero y hace aproximadamente tres años que alimenta y cuida a los animales de la terminal. Conoce sus nombres, sabe reconocerlos y está atento a sus necesidades. Lo que comenzó como un gesto de ayuda se convirtió en una tarea cotidiana que va mucho más allá de dejarles comida. Los busca uno por uno. Ramiro, Sarita, Oreja. Sergio los llama y los perros lo siguen inmediatamente. 

«La misión nuestra es cuidar a los perritos», cuenta. Actualmente, cinco perros permanecen en la terminal, aunque muchos otros se acercan para comer y después continúan su camino. Cuando Sergio comenzó a ayudarlos, eran nueve: uno fue adoptado y otros tres murieron.

Su compromiso también incluye estar pendiente de su salud. Cuando alguno se enferma, llama al veterinario para que reciba atención. Con el tiempo, aprendió que cada animal tiene necesidades diferentes y que cuidarlos implica conocer sus historias y respetar sus condiciones.

Barbucha, por ejemplo, tiene hepatitis y debe seguir una dieta especial. Por eso, Sergio les hace un pedido a los pasajeros que se acercan a los perros y sienten ganas de compartirles algo de lo que están comiendo: es preferible no darles alimentos sin saber si pueden consumirlos. «Un cariño, con eso ya está bien», explica.

Pero la ayuda no termina en la comida ni en la atención veterinaria. Sergio también intenta encontrarles un hogar, con la esperanza de que puedan dejar atrás la calle y tener una familia que los cuide.

A esa tarea se sumó Celina, quien encontró una manera de aportar desde lo que tenía en su propia casa. Con un colchón de dos plazas que ya no utilizaba, confeccionó camas para los perros y les cosió fundas para que pudieran descansar con mayor comodidad. Así, algo que había dejado de tener utilidad para ella se transformó en un pequeño refugio para los animales.

Su gesto refleja el espíritu que comparten: no hace falta tener grandes recursos para ayudar. A veces, alcanza con dedicar tiempo, ofrecer algo que ya no se necesita o prestar atención a quien está pasando por una situación difícil.

Celina también quiso dejar un mensaje para la comunidad riocuartense y para todas las personas que aman a los animales. Pide que, cuando alguien encuentre a un animal en situación de calle, enfermo o con alguna dificultad, no siga de largo y busque la manera de asistirlo.

«Ellos no tienen voz, somos su voz», expresa. Para ella, la responsabilidad de cuidarlos no debería recaer únicamente en quienes ya lo hacen, sino que puede comenzar con el compromiso de cada persona. «No siempre necesitamos tener mucho para hacer algo grande. Con un granito de arena de cada uno podemos lograr cosas lindas y buenas», sostiene.

En la terminal, mientras los colectivos llegan y parten y los pasajeros continúan sus viajes, Sergio sigue acercándose a alimentar a los perros. Celi, por su parte, les dio algo más que un lugar donde acostarse: les ofreció el tiempo y el trabajo de sus propias manos.

Son cinco perros que hoy tienen nombres, cuidados y personas pendientes de ellos. Y detrás de esa pequeña historia hay una idea que vale la pena recordar: la solidaridad no siempre necesita grandes acciones. A veces, empieza con un plato de comida, una cama hecha en casa o una persona que decide detenerse cuando todos los demás siguen de largo.

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