Su despacho es sencillo. Una pintura con un paisaje ocupa buena parte de la pared y algunas fotos familiares descansan sobre una repisa. Ana se sienta, se sirve un vaso de agua y se dispone a conversar. Las respuestas aparecen con naturalidad, aunque hay preguntas que la hacen detenerse un poco más. Cuando le preguntan si está orgullosa de lo que hace, reconoce que durante mucho tiempo le costó mirar lo que había conseguido. Le resultaba más fácil encontrar sus errores que reconocer sus propios logros.
Es autoexigente. Durante años se acostumbró a cumplir objetivos, terminar sus estudios en tiempo y forma, sumar formaciones y asumir nuevas responsabilidades. Pero a sus 44 años, algo empezó a cambiar en la manera de mirarse. «Hoy me puedo mirar al espejo y decir: estoy orgullosa de la mujer que soy», responde. Y en esa mujer reúne mucho más que su recorrido político: también está la docente, la tía, la madrina, la amiga y la hija.
Su historia comenzó mucho antes de llegar a la Presidencia del Concejo. Cuando terminó el secundario, en el año 2000, quería estudiar Abogacía, pero las posibilidades económicas de su familia no le permitían sostener otra casa en Córdoba. Una orientación vocacional en la universidad la acercó a la Ciencia Política y decidió comenzar ese camino.
Estudiar implicaba hacer cuentas. Su mamá trabajaba como empleada de comercio y su abuela era jubilada. Ana tenía una beca universitaria y, durante los fines de semana, trabajaba en un guardarropa para sostener sus estudios. Recuerda, emocionada, el valor de las fotocopias, el colectivo y hasta el regalo que significó que su mamá pudiera comprarle una computadora cuando estaba haciendo la tesis. Se recibió en 2006. Después llegaron la docencia, la militancia y distintos cargos en la función pública: fue defensora adjunta del Pueblo, subsecretaria de Niñez, Adolescencia y Familia y secretaria de Género. En cada etapa encontró una forma de continuar trabajando por los demás.
Abrirse camino en una política históricamente masculina
En 2024, después de las elecciones municipales, el intendente Guillermo De Rivas le propuso ocupar la Presidencia del Concejo Deliberante. Se convertía así en la primera mujer elegida desde el inicio para conducir el cuerpo legislativo riocuartense desde el regreso de la democracia.
Para Ana, asumir esa responsabilidad significó un reconocimiento personal, pero también la posibilidad de representar a muchas mujeres que durante años encontraron dificultades para acceder a espacios de decisión. «Las mujeres en política no son sencillas. Los espacios para las mujeres y las exigencias siempre son el doble», sostiene. En su propio recorrido sintió que debía demostrar que estaba preparada. Aunque no siempre recibió cuestionamientos directos, recuerda cómo sus capacidades parecían necesitar una validación constante a través de títulos, formaciones y antecedentes profesionales.
También señala que las estructuras partidarias siguen estando mayoritariamente conducidas por varones y que la violencia política continúa siendo un obstáculo. Para ella, ocupar la Presidencia no es solamente un logro individual, sino una oportunidad para visibilizar el trabajo de otras mujeres y discutir por qué todavía deben demostrar más para acceder a los mismos lugares.

Cuando también fue necesario frenar
En su recorrido hubo responsabilidades y momentos difíciles. La pandemia fue uno de los períodos que más la marcó. Desde el área de Niñez y Familia le tocó trabajar en un contexto de extrema vulnerabilidad, con situaciones de violencia y vulneración de derechos que requerían respuestas permanentes. Pero mientras intentaba acompañar las necesidades de otros, su propia salud comenzaba a pasarle factura. Por un tiempo, decidió frenar.
-«Si yo no estaba bien, ¿qué podía dar por el otro?», recuerda.
La vocación de servicio nunca dejó de estar presente. Para Ana, la política tiene sentido en esa posibilidad de trabajar por otros y pensar en el bien común. Pero entendió que esa entrega no podía significar dejarse siempre para después.
Hoy, su jornada comienza temprano. A las siete y media de la mañana ya está en el Concejo, donde organiza expedientes, reuniones y actividades. Entre la atención a vecinos, el trabajo legislativo, la docencia y los encuentros en territorio, muchas veces termina el día sin haber podido desconectarse del todo. De a poco comenzó a recuperar espacios con su familia. Disfruta de acompañar a su sobrino a la cancha los sábados, compartir tiempo con sus amistades y encontrar momentos de soledad para leer un libro o mirar una serie. Cosas en las que antes podía estar físicamente en esos encuentros, pero con la cabeza puesta en la próxima responsabilidad. “Estaba, pero no estaba. Estaba, pero mi cabeza estaba pensando en otra cosa”. Ahora intenta estar ahí, disfrutar sin pensar todo el tiempo en lo que viene.
A sus 44 años, Ana intenta vivir esos momentos de otra manera. Bajar la autoexigencia, reconocer sus logros y entender que cuidarse no significa dejar de comprometerse.
Su vocación sigue siendo la misma. Le apasionan la política, la docencia y la posibilidad de transformar la realidad de otros. Pero hoy sabe que esa entrega también necesita un espacio propio. Cuando habla de sentirse orgullosa de la mujer que es, no se refiere solamente a los títulos o los cargos que consiguió, sino también a haber aprendido a frenar, disfrutar de su familia y reconocer sus propias necesidades. Después de tantos años dedicada a dar, Ana Medina empieza a entender que también hay algo valioso en recibir: tiempo, tranquilidad y la posibilidad de reconocerse a sí misma. Y aunque hoy ocupa un lugar de decisión, hay una idea que atraviesa toda su historia: la política tiene sentido cuando logra mejorar la vida de las personas. En tiempos en los que las urgencias, las disputas y los cargos muchas veces parecen ocuparlo todo, para ella el desafío sigue siendo que el trabajo político no quede reducido a una consigna, sino que se traduzca en respuestas concretas. Porque, al final, la política no debería hablar solamente de quienes la ejercen, sino, sobre todo, de las personas a las que representa.
– ¿Por qué decidiste estudiar Ciencias Políticas?
– “La política la entiendo de esa manera, creo que uno termina eligiendo esta carrera por eso, por lo que significa trabajar por un otro y pensar en el bien común”, cierra.

