Hace casi diez años, un matrimonio decidió abrir las puertas de su casa para compartir una merienda con los chicos del barrio. Lo que comenzó con unos pocos niños creció hasta convertirse en el Merendero Defender la Alegría, un espacio que hoy acompaña a unas 40 familias y se sostiene, en gran parte, gracias al esfuerzo de sus propios integrantes.
Al principio, los chicos se juntaban en la cocina de su casa. No había un salón amplio ni una estructura preparada para recibirlos. Estaban Mirta, su familia y la voluntad de compartir una merienda con los niños de barrio Alberdi. Casi diez años después, aquel gesto se transformó en el Merendero Defender la Alegría, un espacio que no solo ofrece comida, sino también talleres, acompañamiento y un lugar donde encontrarse.
La historia, sin embargo, había comenzado mucho antes de aquella primera merienda. Mirta sabe lo que significa atravesar dificultades económicas y necesitar una mano. Cuando sus hijos eran chicos, encontró ayuda en un centro comunitario donde se cocinaba y se acompañaba a las familias que más lo necesitaban. Allí se integró, colaboró y construyó vínculos que todavía recuerda con gratitud.
Con el tiempo, aquella experiencia se convirtió en una idea que compartió con Rubén, su marido. Los dos querían hacer por otros lo que alguna vez habían hecho por ella. La oportunidad llegó alrededor de 2017, cuando decidieron poner en marcha su propio espacio comunitario.
«Dijimos: bueno, probemos», recuerda Mirta sobre aquellos primeros pasos. En ese momento, los niños llegaban a su casa y se acomodaban en la cocina. Eran pocos al comienzo, pero cada vez se sumaban más. La casa empezó a quedar chica y el proyecto necesitó crecer.

Construir con lo que había
El salón que hoy recibe a las familias no apareció de un día para otro. Cuando su hijo mayor dejó la vivienda que había construido en el terreno familiar, Mirta y Rubén encontraron allí la posibilidad de ampliar el espacio. Con ayuda de sus hijos y el resto de la familia, comenzaron a darle forma al lugar.
Las ventas de pasteles fueron fundamentales. Con ese dinero compraron materiales y avanzaron con el techo, las paredes y el piso. Cada mejora fue el resultado de pequeñas acciones, de trabajo compartido y de la decisión de seguir adelante aun sin tener asegurado cómo iban a sostener el proyecto.
Llegaron a recibir entre 60 y 70 chicos. A la merienda se sumaron actividades recreativas y, más adelante, la posibilidad de ofrecer almuerzos los sábados. Con el acompañamiento de colaboradores y algunos aportes institucionales, el merendero fue ampliando sus tareas.
La pandemia marcó otro momento decisivo. Aunque ya no podían reunirse como antes, no dejaron de trabajar. La comida comenzó a entregarse para que los chicos pudieran llevarse su porción a casa y compartirla con el resto de sus familias. Así, una ayuda pensada inicialmente para los niños alcanzó a más personas y amplió el alcance del espacio.
Hoy, según cuenta Mirta, acompañan a unas 35 o 40 familias, alrededor de 80 a 100 personas. La asistencia se organiza durante la semana, con meriendas y cenas, en función de los recursos disponibles.


Mucho más que un plato de comida
En Defender la Alegría, la ayuda no termina cuando se sirve la comida. Entre las paredes del salón también hay una biblioteca que se fue formando con donaciones de libros, espacios de lectura y talleres que, a lo largo de los años, permitieron a niños y adultos aprender cosas nuevas.
Algunas mujeres que participan del lugar cuentan que allí encontraron mucho más que asistencia alimentaria. Una de ellas recuerda que pudo terminar la primaria gracias a las propuestas educativas que funcionaron en el espacio. Otras destacan los encuentros en los que comparten una tarde, conversan, realizan manualidades y encuentran compañía.
Esas experiencias explican por qué Mirta quiere que el merendero siga creciendo. En un contexto en el que sostener la comida diaria se vuelve cada vez más difícil, también le preocupa la falta de oportunidades laborales para los jóvenes y la necesidad de ofrecerles alternativas. Por eso, busca impulsar talleres de oficios que les permitan aprender una actividad y contar con herramientas para trabajar.
La intención es que el salón sea también un lugar donde descubrir nuevas posibilidades. Peluquería, barbería, panadería y otros oficios aparecen entre las propuestas que esperan concretar con la colaboración de personas dispuestas a enseñar.
El esfuerzo de seguir
La continuidad del merendero depende de una combinación de aportes, donaciones y trabajo familiar. Rubén, electricista desde hace décadas, fue contando lo que hacían a personas que conocía por su oficio. Así se acercaron colaboradores que aportaron alimentos, materiales y distintas formas de ayuda. También hubo quienes consiguieron entradas para actividades recreativas o pasajes para que los chicos pudieran disfrutar de una salida.
Pero las necesidades siguen siendo muchas. Mirta explica que los recursos disponibles no siempre alcanzan para variar los menús y que mantener el espacio implica afrontar gastos cotidianos, desde los servicios hasta el mantenimiento de las instalaciones. A eso se suma el desafío de terminar un salón más grande que ya comenzaron a construir y al que todavía le falta el techo.
A pesar de las dificultades, no piensa detenerse. Habla de lo conseguido con orgullo y de lo que falta con una convicción que atraviesa toda la historia: si pudieron levantar el lugar con tanto esfuerzo, también podrán dar el siguiente paso.
El salón es pequeño, pero está lleno de colores. En una de sus paredes, un mural lleva el nombre del merendero; alrededor, los libros y los juegos conviven con las voces de quienes llegan buscando algo más que un plato de comida. Cada rincón guarda una historia, una mano tendida, una oportunidad.
Todavía falta terminar parte del espacio nuevo que están construyendo. El techo pendiente es una de las tantas necesidades que Mirta y Rubén intentan resolver con lo que tienen, a fuerza de trabajo, donaciones y voluntad. Pero hay algo que ya construyeron y que no depende de los materiales: un lugar donde sentirse recibido, donde aprender y donde saber que alguien está dispuesto a escuchar.
Hace casi diez años, Mirta recuerda, ella también necesitó que alguien le abriera una puerta. Hoy, junto a Rubén, mantiene la suya abierta para otros. Y en ese salón pequeño, entre colores, libros y juegos, la ayuda que alguna vez recibió sigue encontrando nuevas formas de multiplicarse.
