Por Gustavo Ascensión
Dos hechos generaron mi atención por los Mundiales de Fútbol, allá lejos y hace tiempo. En la profundidad de la década del setenta al único kiosco de diarios y revistas de mi pueblo llegaban muy pocas publicaciones. Los diarios La Nación, La Prensa y Clarín. Las revistas El Gráfico, Gente, Para Ti. Las historietas Patoruzú, Isidoro, El Tony, D´Artagnan, entre otras. Goles, Siete Días, y alguna de moda y tejidos. Ah, por supuesto, la revista Chacra. No mucho más.
Por eso fue raro ver un día el arribo inesperado de un fascículo semanal que se llamaba «El Libro de los Mundiales». ¡Guau! Repasaba cada uno de esos campeonatos de fútbol jugados con un mix de historias que también narraban los momentos sociales y políticos que se vivieron en cada uno de esos campeonatos. Más perfiles de figuras, algunas de ellas que jamás había escuchado nombrar.
Le pedí de manera insistente a mi madre Susana que me los comprara. No era solo una cuestión de saber qué quería leer sino del presupuesto familiar que no era para tirar manteca al techo. Lo cierto es que se incluyó en los gastos mensuales ese fascículo de unas de 20 páginas que fueron un antes y después para mi vida.
Hoy, cuando me preguntan cuál fue mi literatura infantil, siempre digo que la que despertó mi interés fue aquella enciclopedia.
Ah, nunca conseguí el número 1 de esa colección, por lo que empecé a leerla desde el número 2 ya que la descubrí en la segunda semana de desembarco en mi pueblo. Miguel, el kiosquero, nunca pudo conseguir aquel ejemplar inicial pese a mi pedido. Cosas que pasan.
Otro hecho que reforzó mi amor por los mundiales fue una columna radial que se escuchaba los días sábados, cada dos semanas, en el programa «La Vida y el Canto» que se emitía LS5 Radio Rivadavia. Uno de los mejores ciclos de la historia que conducía Antonio Carrizo. Puntualmente esa columna a la que hago referencia era del periodista uruguayo Diego Lucero, quien entre 1930 y 1994 fue el único testigo de todos los campeonatos mundiales jugados en ese período. La sección se denominaba «Entre Guerras y Mundiales» y hablaba de sus coberturas como corresponsal en la Guerra Civil Española o en la Segunda Guerra Mundial, pero a mí me llamaba la atención cuando hablaba de los mundiales y contaba historias atrapantes como la guapeza de Uruguay para vencer a Argentina en la primera final jugada en 1930 en el estadio Centenario, el bicampeonato de Italia bajo el liderazgo de Vitorio Pozzo con la influencia de Benito Mussolini, la figura gigante de Obdulio Varela como emblema del Maracanazo que para mí nunca dejará de ser la historia más hermosa y romántica vivida en estas contiendas futbolísticas universales. A lo mejor igualada por el partido de Diego Maradona contra los ingleses en México ´86.



Así ingresó el mundial a mi vida, por la radio y por la literatura infantil. Luego se vino la coronación con Mario Alberto Kempes en 1978, la aparición de Diego, la explosión de Lionel Messi, y otras tantas cosas más.
Comienza una nueva Copa del Mundo. Rara. Con 48 selecciones participando, con tres países como sedes, Estados Unidos, México y Canadá, dos de ellos sin historia futbolística, a tal punto que los yankis a nuestro deporte ni siquiera lo llaman fútbol. Con un participante, Irán, incómodo de tener que jugar en un país que por estos días bombardea a su patria. Tiempos locos, también para esta edición mundialista que carece del romanticismo de los inicios y que, en cambio, es un negocio tan grande que no tiene techo, que ya es infinito. Ojalá que no tengamos que hablar de cosas feas que puedan ocurrir y en su lugar dedicarnos de lleno a hablar de ese viejo y querido amigo llamado fútbol.
