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Entre pantallas y encuentros: cómo cambia la infancia

Las pantallas forman parte de la vida cotidiana de los niños y también llegaron al aula. La psicopedagoga Milagros González advierte sobre los cambios que pueden generar en la capacidad de espera, la comunicación y los vínculos, pero plantea que la clave no está en demonizarlas, sino en aprender a usarlas.
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Un clic y aparece una respuesta. Un video empieza sin necesidad de esperar. Un videojuego abre sus puertas en cuestión de segundos. Una fotografía se publica y, casi inmediatamente, puede recibir una reacción. Para muchos niños, ese ritmo es parte de la vida cotidiana. Pero después llega la escuela. Hay que esperar un turno, leer una consigna, comprenderla, escuchar al compañero, levantar la mano, aceptar que una respuesta puede no llegar de inmediato. Hay momentos en los que no sucede nada y, justamente allí, hay que aprender a esperar.

Para Milagros González, psicopedagoga y docente, esa diferencia entre ambos mundos comienza a hacerse visible en las aulas. Las pantallas ofrecen estímulos rápidos y permanentes, mientras que la escuela propone otros tiempos. Y ese encuentro, especialmente durante los primeros años de escolaridad, puede generar incomodidad.

“En la escuela tenemos otra propuesta que va por otro lado, que es el tiempo de esperar, de leer y comprender, de saber que no todo es ya.”

La especialista observa que algunos niños necesitan respuestas constantes, se mueven permanentemente o buscan estímulos que les permitan mantenerse activos. Frente a eso, la tarea docente implica también acompañarlos en el proceso de encontrar otro ritmo y comprender las normas que organizan la convivencia escolar.

No se trata, sin embargo, de imaginar una escuela sin pantallas. González sostiene que forman parte de la realidad y que la discusión debería estar puesta en cómo se utilizan. Por eso, en el aula también aparecen preguntas que antes podían parecer ajenas al espacio escolar: cuánto tiempo pasan frente a una pantalla, qué contenidos consumen, a qué videojuegos juegan y qué lugar ocupa el celular dentro de sus momentos de descanso.

Aprender a esperar también es aprender a vivir con otros

Los cambios no aparecen únicamente en la relación con el aprendizaje. También pueden verse en los vínculos. González señala que a algunos niños les cuesta interpretar gestos, expresiones y actitudes de los demás. Una conversación cara a cara no está construida solamente con palabras: también intervienen una mirada, un gesto, una postura, un silencio. Cuando esas experiencias cotidianas disminuyen, puede resultar más difícil reconocer aquello que el otro está intentando comunicar.

En la escuela, situaciones tan simples como saludar al compañero al llegar, levantar una goma que se cayó al piso o advertir que alguien necesita ayuda se convierten entonces en aprendizajes importantes. Son pequeñas escenas de todos los días que permiten desarrollar la empatía y reconocer que hay alguien más compartiendo el mismo espacio.

“El lenguaje se aprende cuando hay un otro que me enseñe a hablar y eso está muchas veces intermediado por las pantallas.”

La especialista observa también dificultades en el lenguaje y en la comunicación. No porque la pantalla elimine la posibilidad de comunicarse, sino porque muchas veces puede reemplazar momentos de conversación, juego y encuentro presencial.

Una pantalla puede conectar a dos personas que están a kilómetros de distancia. Pero esa conexión no necesariamente implica el mismo tipo de experiencia que compartir una conversación, una comida, un juego o una actividad con alguien que está físicamente presente. Por eso, para González, uno de los desafíos actuales consiste en enseñar a los niños a formar parte de ese circuito social: aprender a escuchar, esperar, interpretar al otro, respetar límites y comprender que convivir no significa simplemente estar en el mismo lugar.

El rol de los adultos

En ese aprendizaje, la familia ocupa un lugar central. El celular suele aparecer especialmente durante los momentos de descanso y dentro de la casa, por lo que establecer límites no significa necesariamente eliminar las pantallas.

La propuesta, explica González, es educar en su uso. Eso implica observar no solamente cuánto tiempo permanece un niño frente a una pantalla, sino también qué está dejando de hacer durante ese tiempo. Si el celular reemplaza el juego, la conversación familiar, la lectura o el descanso, entonces la pregunta deja de ser únicamente cuánto dura el uso y pasa a ser qué lugar está ocupando. También resulta importante establecer momentos en los que las pantallas no sean protagonistas, como durante las comidas o antes de dormir, y acordar tiempos de uso de acuerdo con la edad.

La especialista plantea además que los límites deben ser sostenidos por los adultos. Si la pantalla ya forma parte de la rutina cotidiana, quitarla de manera abrupta puede generar una respuesta difícil de manejar. Por eso propone acompañar el proceso y construir progresivamente otras alternativas.

Una herramienta, no un enemigo

Hablar de pantallas desde la infancia también implica reconocer sus posibilidades. González considera que una mirada que las presente únicamente como algo negativo no alcanza para comprender el lugar que ocupan actualmente.

Una videollamada puede permitir que un niño mantenga el vínculo con un familiar que vive lejos. Determinadas herramientas digitales pueden facilitar la comunicación y convertirse en recursos de accesibilidad para personas que, de otro modo, tendrían mayores dificultades para participar o comunicarse.

El desafío, entonces, no está en negar la tecnología, sino en aprender a utilizarla de acuerdo con las necesidades de cada edad y de cada niño.

“No sirve una mirada demonizante de la pantalla, es parte de nuestra realidad y tenemos que aprender a usarla.”

Por eso también es necesario que los adultos estén atentos a determinadas señales. Que un niño no pueda sostener durante mucho tiempo una actividad, que elija sistemáticamente una pantalla antes que salir a jugar o conversar, o que el dispositivo comience a interferir con el sueño son situaciones que merecen ser observadas.

Y hay algo más: no siempre importa solamente cuánto tiempo dura el uso, sino qué sucede durante ese tiempo. Un contenido que provoca miedo, ansiedad o que el niño no logra procesar puede acompañarlo hasta la hora de dormir y afectar su descanso.

La pantalla, entonces, no es solamente una cuestión de minutos.

Es también una cuestión de espacios. Del espacio que ocupa el juego. Del espacio que queda para conversar. Del espacio para aburrirse, esperar y crear. Del espacio para mirar al otro a los ojos.

En una infancia atravesada por estímulos cada vez más rápidos, quizás uno de los aprendizajes más importantes sea justamente ese: descubrir que no todo tiene que suceder inmediatamente. Que algunas respuestas necesitan tiempo. Y que, detrás de cada palabra, cada gesto y cada silencio, todavía hay un otro al que aprender a escuchar.

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